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Barakha Comunicación

“Sentí un insaciable deseo de encontrarlo… ó de que él me encontrase a mí”.

Nunca hubiese imaginado que ese viaje de huida al continente americano, se iba a convertir en la experiencia más apasionante que iba a vivir.

Creo que los primeros días en Nueva York, el intenso frío, la soledad en aquel desolado cuarto de Brooklyn y la ilusión de comenzar algo nuevo, de alguna forma significó mi nacimiento como storyteller. Aunque yo no fuese consciente de ello hasta varios años después.

Durante el año que pasé en Nueva York, trabajé como busboy, pinche de cocina, canguro, utillero y planchador de la ropa de baile de un grupo de flamenco, y actor en la compañía de teatro latino “Repertorio Español”, en teoría, la razón por la que había llegado allí y por lo único que no cobraba. Fue el tiempo de añorar, de llorar y asombrarme, de no entender nada, de trabajar muy duro y de preguntarme cada día, qué demonios estaba haciendo allí.  

Cuando llegó aquel verano, decidí que me mudaría a Los Angeles, quería trabajar de actor, era para lo que me había formado en Madrid y con lo que seguía empeñado en triunfar. Pero antes quería cumplir uno de mis sueños desde que era pequeño: conocer a los indios. 

Llegué a South Dakota sólo, desoyendo los consejos y advertencias de las personas que me encontré en el largo viaje en autobús. Mi amiga Magda me dijo que en aquel pueblo de carretera esperara hasta que aquella gente viniese a buscarme. Me llevaron a la reserva y a su casa. Me miraban. Las primeras semanas me costó llegar a ellos, y a ellos supongo que les costaría llegar a mí. Poco a poco entré en las primeras sweetlodge y ceremonias, llegaron los primeros encuentros, con él y con aquellas luces y sonidos de cascabel que me cambiarían para siempre.

Cuando llegué a Los Ángeles ya nada era igual, tenía una novedosa y sosegada sensación dentro de mí, era agradable, especial. Pronto descubrí que no iba a trabajar como actor en Hollywood, y casi a la vez, me di cuenta de que apenas me importaba ya, algo había cambiado. El primer día que fui a Venice Beach, su brutal y depravada energía me atrapó. Con el dinero que me quedaba compré una autocaravana de 1975, y decidí que aquel sería mi hogar. Junto a los homeless, los artistas malditos y aquellos que vivían su locura. Durante año y medio descubrí lo que es ver pasar las horas sin reloj, dormí en la calle con Malaki, toqué djembé con los veteranos de Vietnam, me hice hermano de un músico loco chileno, perseguí sin éxito hacer el amor a La Princesa Lala, en fin… viví.  

Todo olía y sabía a él, pero no me podía conformar con eso. Algo me empujaba a seguir buscándolo. Con mi mochila y mi djembé llegué a México. Lo recorrí de Norte a Sur. Aprendí a comer termitas con mi otro hermano, el belga más autentico que he conocido nunca, toqué mi tambor para que bailase la Negra. Siempre buscando a los indios. Conviví con huicholes, totziles, tojolabales y mayas, me perdí en el desierto de Real de 14 para comer peyote. Lo buscaba a él por todas partes, y en todas partes encontraba sus huellas, las huellas del MAGO.

Había pasado otro año desde que dejé Venice y me apetecía volver a casa. Ansiaba ver a mi gente, el lugar donde crecí, necesitaba volver. Después de algún tiempo intentando ubicarme de nuevo en España, empecé a sentir el deseo de contar historias, historias mías e historias de otros,… Y encontré en mis vivencias, mis inquietudes, en mi experiencia inicial como actor y una constante formación, un camino para hacerlo a través de la escritura de guiones y de la dirección de cine… y por supuesto sin parar de buscarlo. 

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